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La
Navidad de un perrito abandonado
Era
el primer domingo de Adviento, y yo me pregunté si era verdad
lo que estaba viendo: el automóvil se detuvo, se entreabrió
una puerta trasera y alguien hizo bajar a un perrito muy
inquieto. “¡Bajate, Pulquete!”, ordenó una voz desde el
interior. El pobre animalito quedó desconcertado cuando el
automóvil se alejó a toda velocidad. Me partió el corazón
verlo correr desesperado detrás del vehículo.
Pulquete tendría unos seis o siete meses; menudito, de patas
largas y pelo corto color de canela, exhibía una oreja negra
de llamativo contraste. No volví a verlo hasta mucho después,
pero imagino que esa noche, agotado y tembloroso, durmió
acurrucado en el primer agujero que encontró. Por la mañana
comenzó a buscar a sus dueños. Ese día no comió y apenas
bebió un poco de agua estancada. Los días y las noches se le
hacen interminables. A las dos semanas está flaco y decaído,
aunque se lo puede reconocer fácilmente por su orejita negra.
Como es muy joven comienza a olvidar a quienes lo arrojaron a
la calle. Tal vez recuerda vagamente un patio soleado donde
retozaba despreocupado. No sabe qué le pasa, pero tiene
hambre y mucho miedo porque otros perros callejeros lo corren,
la gente lo echa de las veredas y cuando cruza las calles,
unos artefactos rugientes se le vienen encima.
Pero a pesar de todo, Pulquete siente una irresistible atracción
por las personas. Cuando descubre que alguien lo mira
compasivo, se le acerca tímidamente con la cabeza gacha y
ojos que imploran una caricia. Pero, invariablemente, esa
persona que se detuvo misericordiosa endurece la mirada y
sigue su camino, no vaya a ser que el pobre animal se le adose
y la siga.
Diez días después de presenciar aquel acto incalificable,
nuestro perro Budy, un maravilloso lanudo grandote y bonachón,
de cuatro años de edad, se nos escapa, asustado por los
cohetes, y se pierde. Lo buscamos días enteros por el barrio
y por las calles de la ciudad, pero nuestro querido Budy no
apareció.
Tomás, nuestro hijo de ocho años, estaba desconsolado; nunca
lo habíamos visto tan afligido. Se acercaba la Navidad y todo
hacía presagiar que la íbamos a pasar con mucha tristeza.
Budy se había alejado mucho de su casa. Cuando se le pasó el
susto intentó regresar, pero caminó en sentido contrario y
terminó en un mundo desconocido y ruidoso: el centro de la
ciudad.
Durante días y noches corrió desesperadamente buscando a su
familia, hasta que el desaliento y el cansancio detuvieron su
atolondrada carrera. Su mirada vivaz se apagó y su abundante
pelaje pronto fue una maraña sucia y enredada.
Un día que llovía copiosamente el pobre Budy trotaba pegado
a la pared buscando algún recoveco donde guarecerse cuando se
topó con un cachorro flaco, asustado y empapado que se detuvo
y lo miró con curiosidad. El debilucho Pulquete, al que ya se
le contaban las costillas, y Budy, corpulento y greñudo, se
quedaron estáticos bajo el aguacero observándose con
expectación. Pulquete, con sus orejitas paradas, movió tímidamente
la cola y Budy se le acercó para olerlo. Enseguida se
hicieron amigos y ya no se separaron en su vagabundeo. El
pequeño seguía al grande a todas partes, buscaban comida
juntos y en las noches frescas se daban calor pegaditos uno
con otro. Budy seguía con su idea fija de localizar su casa,
obsesión que sólo olvidaba temporalmente cuando se divertía
con Pulquete en el novedoso juego de perseguir automóviles y
motocicletas
Llegó el 24 de diciembre. Hacía ya catorce días que se había
perdido nuestro perro, y desde entonces Tomás casi no hablaba
ni se interesaba por nada. Mi esposa y yo, preocupados por tan
prolongada apatía, decidimos llevarlo a la Misa del gallo que
se celebraba a las diez de la noche en la Catedral. No sé cómo
se nos ocurrió la idea, pero esa misma noche, al terminar la
ceremonia, cuando todavía vibraban en nuestros corazones los
conmovedores acordes del Gloria in excelsis y los ángeles aún
aleteaban sobre nuestras cabezas, comprobamos que aquella
decisión no había sido casual.
Al salir de la iglesia fuimos rápidamente hasta nuestro auto
para llegar cuanto antes a casa, donde nos esperaban los
abuelos de Tomás para la cena de Nochebuena. Iba a poner el
motor en marcha cuando Tomás sale de su mutismo y me dice:
—Mirá, papá, ese pobre perrito, ¡qué flaco está!
Me fijo donde me señalaba mi hijo y reconozco al cachorro por
su inconfundible mancha negra.
—Pero si es Pulquete, el cachorro que tiraron a la calle
desde un auto. ¿Te acordás que te lo conté? Fue antes de
que se perdiera Budy. Qué desmejorado está, pobrecito.
—Mirá como nos mira, papi, como si quisiera venir con
nosotros...
—No, Tomás..., no podemos...
—Quiero acariciarlo papá, por favor... ¡Vení, perrito...!
Yo sabía que si Tomás acariciaba a ese cachorro tendríamos
que llevarlo a nuestra casa.
¿Pero cómo negarle ese gesto de ternura después de lo que
había sufrido? Nos miramos resignadamente con mi esposa y
asentimos en silencio.
Tomás bajó del auto y acarició efusivamente al cachorro.
Había que verlo a Pulquete, estaba loco de alegría, movía
la cola, le lamía las manos y la cara, saltaba feliz, se
tiraba panza arriba.
—Papá, está hambriento, tenemos que darle de comer.
—Está bien, subilo al auto que lo llevamos a casa.
Tomás, entusiasmado y feliz como no lo habíamos visto en
semanas, trató de inducir al cachorro a que subiera. Pero
para nuestra sorpresa, Pulquete no avanzó. Se quedó parado
expectante. Tomás insistió en llamarlo pero el perrito,
lejos de subir al auto amagó con alejarse. Se puso a
ladrarnos como si quisiera decirnos algo. Se alejaba de
nosotros, se detenía y nos ladraba. Su comportamiento era muy
extraño. Tomás intentó agarrarlo pero apenas se le acercó,
el cachorro corrió para volver a detenerse y a ladrarnos
varios metros adelante. Tomás quería ir tras él, pero se
nos hacía tarde y no podíamos perder tiempo en los caprichos
de un perro desconocido.
—Dejalo, Tomás, es muy tarde, vamos a casa.
—¡Papá, por favor...!
—Subí, vamos a casa, está claro que no quiere venir con
nosotros.
Puse el motor en marcha y Tomás se largó a llorar. Pulquete
había vuelto a correr y ya había doblado la esquina.
Lo que sucedió a continuación todavía hoy nos emociona y no
lo vamos a olvidar en nuestras vidas. El motor del auto se
detuvo inexplicablemente y no hubo forma de hacerlo arrancar.
“¿Qué pasó?, me dije inquieto, ¿Se habrá ahogado? Sí,
seguro...; bueno, paciencia, tendremos que esperar un poco”.
Tomás lloraba en el asiento trasero y adiviné que mi esposa,
con la cara vuelta hacia la ventanilla, también dejaba correr
algunas lágrimas silenciosas.
En eso oímos unos ladridos familiares.
—¡Papá, papá! —gritó Tomás— ¡Mirá! ¿Ese no es
Budy?
—¡Por el amor de Dios, sí, es Budy, es Budy! —exclamó
mi esposa
¡Era Budy ! Había reconocido el automóvil y venía
corriendo desde la esquina a toda velocidad. Y detrás de él,
ladrando entusiasmado, venía Pulquete, el cachorro abandonado
que no quiso abandonar a su amigo y por eso había tratado de
hacernos entender que debíamos esperarlo hasta que él lo
fuera a buscar.
Y adivinen qué pasó cuando los dos perros estaban ya dentro
de nuestro automóvil y todos llorábamos y reíamos de alegría:
el motor arrancó apenas giré la llave. Fue como si algún ángel
de Navidad, un ángel tal vez de los animales, ¿por qué no?,
hubiera dicho con una dulce sonrisa: “Bueno, ahora sí se
pueden ir todos a casa a celebrar la Nochebuena"
Desconozco su autor
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